
En este contexto la discusión sobre cómo competir y crecer no se resuelve con un poco más de eficiencia: se resuelve poniendo la innovación y el software dentro de la cadena productiva. Y eso exige un consenso productivo como política de estado.
Un auto actual tiene más líneas de código que un avión de hace veinte años. Una aspiradora doméstica tiene software integrado: el robot que limpia un living hoy mapea el ambiente y decide su recorrido con más capacidad de cómputo que la computadora que guió al Apolo 11 hasta la Luna, y que trabajaba con dos kilobytes de memoria. Una cosechadora moderna genera grandes cantidades de gigabytes de datos por hora: rinde por hectárea, consumo, humedad del grano, sincronización con el mapa de suelo, alertas de mantenimiento predictivo. La conclusión de éstos datos fácticos, es que no queda prácticamente ninguna Industria en el mundo que pueda sobresalir sin desarrollo de software dentro del producto y del proceso. El auto es el commodity y el diferencial es el software.
Esto nos hace pensar, que el error más caro que podemos cometer en este Día de la Industria, es pensar que se trata de ganar un poco de eficiencia; cuando la inteligencia artificial no viene a hacernos un 5% más performantes, sino que viene a replantear modelos productivos enteros, cadenas de valor, diseño de producto y relación con el cliente. Quien lo lea como una mejora incremental va a competir contra alguien que lo leyó como un cambio de escala y paradigma, o sea que habrá perdido antes de empezar.
Ahora bien, las empresas no pueden perder el foco en su negocio y conocer las nuevas tecnologías a la vez para adoptarlas, entonces precisan sumar en sus estrategias el outsourcing de innovación que cierra esa brecha entre la aparición y la adopción de tecnologías y metodologías en IT.
A nivel mundial, ya hay claras demostraciones de la articulación de la Industria del Software como Políticas de Estado. Así, el 4 de septiembre de 2025, el presidente de los Estados Unidos sentó a cenar en la Casa Blanca a Tim Cook, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai, Satya Nadella, Sam Altman, Bill Gates y una docena más de ejecutivos de tecnología. Lo importante no fue la foto: fue que, acto seguido, el Estado norteamericano se puso al servicio de ese sector. Su representante comercial incorporó cláusulas de comercio digital en los acuerdos arancelarios firmados con Indonesia, Vietnam, Tailandia, Corea del Sur, Camboya y Malasia, condicionando rebajas de aranceles a la desregulación de las plataformas. Y en junio de 2026 amenazó con aranceles del 100% a cualquier país europeo que aplicara un impuesto a los servicios digitales, aun a costa de romper el acuerdo comercial con la Unión Europea.
Otro ejemplo conocido es Silicon Valley. La Bay Area genera alrededor de 840.000 millones de dólares de producto bruto: si fuera un país, sería la décimo octava economía del mundo, por encima de Países Bajos, Arabia Saudita o Suiza. Es una máquina de crear empresas y valor que se volvió uno de los motores de la economía estadounidense. Nadie allá discute si Tesla es una empresa de autos o de tecnología, ni si Amazon es retail o tecnología. Son empresas que usan software para comerse el mundo. Y esto es lo importante para nosotros hoy, para construir un país más poderoso.
El problema no es nuevo, el enfoque debe ser diferente.
Enfocados en la búsqueda de crecimiento del país, donde la industria del software escala en posibles soluciones, es importante tener en cuenta los datos duros de la industria.
El "mundo pyme" explica el 77% del empleo privado argentino, según UCEMA. Y el deterioro no empezó anteayer. La Argentina tocó su máximo de empresas empleadoras en 2013 y desde entonces perdió más de 55.000 firmas; el empleo asalariado registrado no crece desde 2011. Sobre esa base larga se apiló la caída reciente: en abril de 2026 quedaban 46.005 empresas industriales empleadoras y el empleo industrial registrado bajó a 1.135.942 puestos, el nivel más bajo en dos décadas, según el Centro de Estudios de la UIA sobre datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo. Y el cuadro general es todavía más elocuente: entre 2015 y 2025 el empleo asalariado privado registrado se redujo en 32.800 puestos y quedó apenas por encima de los 6,2 millones, mientras la población y la fuerza laboral seguían creciendo. Nada de esto es responsabilidad de una sola gestión: es el resultado acumulado de varias décadas de decisiones que nunca fueron estratégicas. Sin políticas de estado que tengan de eje a la industria y que consideren a las empresas de software parte integral del sector.