
«Tenemos las compañías petroleras más grandes del mundo, las mejores, y vamos a estar muy involucrados en la industria petrolera venezolana». Tras el asalto ilegal del 3 de enero, en el que el ejército de los Estados Unidos mató a ochenta personas y secuestró al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa y política Cilia Flores, la Casa Blanca no ocultó su interés por el petróleo de Caracas. Durante la conferencia de prensa del 4 de enero, el presidente estadounidense Donald Trump habló en repetidas ocasiones del crudo venezolano, asegurando que de ahora en adelante estará a disposición de las multinacionales norteamericanas. La última noticia al respecto es el anuncio, no confirmado aún por Venezuela, de un acuerdo para el envío de 50 millones de barriles de petróleo a Washington. Una cantidad en sí misma no enorme, pero sintomática del interés de Estados Unidos por los recursos energéticos del país recién bombardeado. A esto se sumó, el 7 de enero, la captura de un buque petrolero ruso en aguas del Atlántico.
La atención estratégica hacia los combustibles fósiles no es novedad. Desde principios de la década de 2000, Estados Unidos ha invertido fuertemente en la producción nacional, y varias intervenciones militares en el extranjero – en primer lugar la invasión de Irak en 2003 – han estado vinculadas al apetito petrolero de Washington. Según un artículo de opinión publicado en Bloomberg en los últimos días, el plan de Donald Trump es el de un imperio del petróleo que se extienda desde Canadá hasta Argentina. Un objetivo a la vez geopolítico y económico del que Venezuela representa una pieza fundamental. Pero la estrategia trumpiana tiene dos obstáculos ante sí: las izquierdas latinoamericanas y la transición ecológica.
NACIMIENTO DE UN PETRO-ESTADO
El punto de nacimiento del imperio es doméstico. En el último cuarto de siglo, Estados Unidos se ha convertido en un gran exportador de energía, hasta el punto de que algunos analistas han comenzado a hablar de un petro-Estado estadounidense. Un primer punto de inflexión fue la shale revolution de principios de los años 2000. Se trata de la implementación de tecnologías capaces de capturar el llamado gas de esquisto, es decir, metano atrapado en rocas sedimentarias impermeables. Un proceso costoso y contaminante, pero que permitió aumentar vertiginosamente la producción de gas natural. Gran parte del combustible que Europa comenzó a comprar tras el estallido de la guerra ruso-ucraniana y el abandono del gas ruso se produce con esta técnica. En 2020, Estados Unidos superó a Arabia Saudita y se convirtió en el primer exportador de petróleo del mundo. Esta política de inversiones en combustibles fósiles ha continuado independientemente del color político de las administraciones. El demócrata Barack Obama fue un gran promotor de la extracción de gas de esquisto, y el liderazgo en la producción de petróleo se alcanzó durante el mandato de otro demócrata, Joe Biden. La política del drill baby drill de Donald Trump, el vía libre a las exploraciones extractivas en todas partes, aceleró aún más esta tendencia.
El elemento imperial, sin embargo, también necesita una proyección exterior. Aquí entra en juego el histórico imperialismo estadounidense y la renovada agresividad de la administración republicana. En el análisis propuesto por Bloomberg, el imperio del petróleo imaginado por Washington tiene como epicentro las Américas. Lo que el Departamento de Estado definía como «nuestro Continente» en un tuit de hace unos días.
LA DOCTRINA DONROE, VERSIÓN FÓSIL
James Monroe fue presidente de los Estados Unidos de América desde 1817 hasta 1825. De él toma su nombre la llamada Doctrina Monroe, el lineamiento estratégico por el cual Washington apunta a ejercer una influencia exclusiva sobre las Américas. Hace un año, el tabloide de extrema derecha New York Post habló irónicamente de la Doctrina Donroe, cruce entre Monroe y Donald (Trump). La referencia es a la renovada agresividad del inquilino de la Casa Blanca respecto a los países del Continente. Para Javier Blas, autor del artículo de opinión de Bloomberg, el imperio del petróleo nace del encuentro de la doctrina fósil con la doctrina Donroe. «Comenzamos con la producción de petróleo de los Estados Unidos y añadimos Canadá. Luego incluimos a Venezuela y el resto de América Latina, desde México hasta Argentina y todos los de en medio: Brasil, Guyana, Colombia. Nos guste o no, todos estos países residen dentro de la ‘doctrina Donroe’ – una esfera de influencia de Washington cada vez más belicosa sobre las Américas». Según los cálculos de Blas, este imperio controlaría el 40% de las extracciones de petróleo global y el 20% de las reservas conocidas.
Una herramienta no solo económica, sino también geopolítica. «Las implicaciones derivadas del acceso ilimitado a las reservas de Venezuela, las más grandes del mundo, fueron inmediatamente evidentes para cualquiera que opere en el sector de la energía y las materias primas, en particular para los enemigos estadounidenses. Oleg Deripaska, un oligarca ruso sancionado por Estados Unidos, lo expresó bien el sábado: Washington tendría los medios para mantener el precio del petróleo cerca de los 50 dólares por barril — dándole una mano ganadora en el futuro contra cualquiera que amenace con empujar el precio más alto frenando la oferta». Según Bloomberg, el control del petróleo americano le sirve a Trump también en su enfrentamiento con China y otros rivales extranjeros. «Tener de facto el control de la riqueza petrolera del hemisferio occidental representa un punto de inflexión geopolítico. Durante décadas, el aventurerismo militar estadounidense estuvo limitado por el impacto de cualquier guerra en los costos energéticos. Hoy la Casa Blanca tiene el liderazgo tanto sobre los aliados como sobre los adversarios productores de petróleo — ya sea Arabia Saudita o Irán, Nigeria o Rusia».
IZQUIERDA Y TRANSICIÓN, LOS ENEMIGOS DEL IMPERIO
El diseño petrolero de Trump y de la administración estadounidense tiene, sin embargo, algunos obstáculos ante sí. El primero está representado por los gobiernos de los países afectados por la Doctrina Donroe. En particular, por aquellos guiados por fuerzas de izquierda hostiles a la hegemonía de Washington. Dos grandes productores de crudo como Brasil y México tienen presidentes de izquierda, Lula Ignacio da Silva y Claudia Sheinbaum, todo menos cercanos al gobierno de Trump. En este sentido, el ataque a Venezuela responde a la dinámica de construcción del imperio del petróleo. Caracas tiene las mayores reservas de crudo del mundo – estimadas entre el 17% y el 20% de las globales – pero un gobierno históricamente hostil a Estados Unidos. El segundo obstáculo es la transición energética global. El 8 de enero, a menos de una semana del secuestro de Maduro y Flores, Donald Trump anunció el abandono de decenas de tratados e instituciones internacionales. Entre estos, los más importantes son la CMNUCC y el IPCC, respectivamente la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el foro científico, también de las Naciones Unidas, que estudia la crisis climática. Se trata de las instituciones que han guiado las tímidas políticas de reducción del consumo de fósiles de las últimas décadas, y por eso encuentran la hostilidad de la Casa Blanca. El imperio del petróleo deja de conferir poder, en un mundo que abandona el petróleo.
En este sentido, hay otro líder latinoamericano que preocupa a Donald Trump: Gustavo Petro, presidente colombiano. Colombia es la decimonovena en el mundo por exportaciones de petróleo y la cuarta por carbón, pero el gobierno ecosocialista en el poder ha iniciado un ambicioso camino de transición ecológica. En la ciudad costera de Santa Marta se celebrará en abril la primera cumbre internacional para el abandono de los fósiles, organizada por el propio Petro. Humo en los ojos para Estados Unidos. «Una operación militar en Colombia suena muy bien», dijo Donald Trump durante la conferencia de prensa del 4 de enero. Declaraciones que, tras el asalto venezolano, deben tomarse en serio.
Por Lorenzo Tecleme* – Diario Red - *Lorenzo Tecleme es italiano residente en Madrid. Colaborador en los periódicos italianos il manifesto, Fanpage, Valori.it, Jacobin Italia. Autor de Guida ‘Rapida alla Fine del Mondo’ (Castelvecchi, 2022).